Tu cuerpo purifica el agua que mana de él, y la bebo. Y entonces me convierto en el agua que limpia tu cuerpo. Es una relación uno a uno, pero dual. Es dualidad. No tan mundana ni trivial como algunas otras dualidades terrenales, pero superior. Es de esas que no pueden ser vistas más que por ojos expertos. Ojos entrenados o, simplemente súper dotados. Pero además, tu cuerpo no solo necesita se limpiado. Es necesario refrescarlo. Es ahí cuando en vez de agua soy aire. Que además enchina tu piel de vez en vez, dándole una apariencia de durazno. De esos tersos y preciosos duraznos a los que les alcanzas a ver su pelaje. También puedo ser el fuego que te calienta. Que te da calor y se lleva de bruces los escalofríos que recorren la piel en los momentos más inconvenientes. Puedo ser tierra, esa que te acompañara algún día, más no un día cualquiera, no, un miércoles, acaso. Lo cual no es triste del todo, sino todo lo contrario.
Puedo ser los 4 elementos en cualquier momento en el que tú pudieras necesitarlo. Sé que intrínsecamente, casi-casi, tú serás ese complemento.
Soy lo que quieras que sea, lo que apetezcas; sin declinar por ello, a lo que es mío.
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