Y así fue que convergí en una pieza furtiva, alumbrada con sobriedad y cuyos muros eran de grava o algo que mucho se le semejaba, como un camino de terracería pero uniforme y macizo. Vislumbré una rendija en un rincón, como un asta refulgente e insigne, y ya desde lejos noté que enseñaba susurros sordos y graves, aunque flamígeros y femíneos. Me acerqué y los susurros se hicieron más audibles, hasta que pude captar frases, nítidas y precisas, como si las estuviesen articulando junto a mí o, incluso, para mí.
Lo que no percibí hasta antes de ese momento, fue la pesadumbre que sentía, el cansancio. Como si hubiese llegado con una carga muy pesada sobre mi espalda. Pero en el momento en que escuche su voz, tan firme pero melodiosa, me derrumbé. Noté todo esa lasitud ceñida a mis huesos y piel desnuda y no pude más que arrástrame hasta llegar a sus pies.
--Señora, le diré algo que jamás le he dicho a nadie. Estoy cansado...
Había tratado en el submundo, en la nube. Había sublimado espíritus y no había nunca encontrado la forma, ni el camino. He regresado y he vuelto a andar. Me he preparado infusiones, pócimas, notas y poesía. He utilizado sales, aguas fuertes, ardientes, pero el resultado siempre ha sido desalentador. He sido engañado, como he engañado yo. Y estaba cansado, pero altivo, aun dentro de mi dependencia erótica y subliminal, me sentía como un semental en vilo. Dispuesto, pero cada vez mas celoso, receloso, hermético, misterioso y prácticamente impenetrable. Es como si el momento fuera de paso, pero tan vistoso que esta vez no pasaba de contrabando.
--Pero, finalmente…
--¿Finalmente?
Y entonces la secrecía nuevamente, la cerrazón. ¡Defensa! Ese viejo pensamiento que, por otro lado, su permanencia anuncia su verdad: No hay nada en el mundo que requiera más cautela que la verdad. Decirla es como hacerse un corte en el corazón.
Y entonces, un azote, y dos, y tres.
--¡Basta! Se lo suplico. Usted me excita, me posee. Usted me exalta y me honra. Solo a Usted me atrevo a confesarle mi secreto. No soy de ninguna época ni de ningún lugar. Vivo mi existencia fuera del tiempo y el espacio. Hay seres que ya no se reflejan en ninguno de los estadios de gobierno. Yo soy uno de ellos. Ahora soy pura mente, hasta que encuentre la valla que me indique y me lleve a mi rendición oportuna.
--Ah, perro pertinente, insigne bálsamo ¿otra vez jugando al sempiterno?
--Pero mi Señora. No estoy jugando. En verdad busco el lugar donde posarme y rendirme. Ese lugar donde erigir mi altar para mi Diosa. Ese lugar que me provea al tiempo que doy lo mejor de mí.
--¡Imbécil! La inmortalidad es un mito. No eres el mismo.
Iba a marcharme, aturdido por aquel hundimiento, pero entonces escuche la misma voz, con diferente tono y ritmo.
--¿No me dirás que estas aquí para ofrecerme esa bufonada alquímica?
--Señora, tengo la impresión de que está llegando al poder gente nueva, gente que sabe algo que los de antes no sabían. Tengo esperanza.
--Es la misma gente, somos los mismos. Mejor preparados.
Yo, sin irme, agache mi cabeza, en señal de sometimiento y obediencia, pero también de negación.
--¿A quién está intentando proteger? ¿A ti mismo? Tú ya me perteneces.
--Por favor, castígueme, pero acépteme como soy ¡tengo tanto que ofrecerle!
--Ya veo que no quieres hablar. Y sin embargo, sabes algo que no quieres decirme. Y no entiendo tu reticencia. Te postras pero te escondes.
Miré alrededor, limitado como estaba entre las paredes de grava y la abertura refulgente objeto de mi alucinación. Y me sentí en el subsuelo, otra vez bajo una bóveda. Y entonces tuve la impresión de que aquél no era más que el comienzo de un nuevo descenso a las oscuras practicas de la autocensura. Porque así se disfruta más. Es menester, incluso, de aquellos que buscamos el verdadero placer. Ese del que no puedes separarte jamás pero que, sin embargo, está prohibido en las altas esferas.
--Venga, Señora. Vamos a comenzar. En la sala secreta.
No hay comentarios:
Publicar un comentario