Como ciclones, demasiado reales para ser negados, demasiado intensos para no mirarlos y demasiado evidentes para imaginarlos, llegan cual ramalazo tus latigazos.
Latigazos como ventiscas que pasan huracanados y marcan mi espalda, piernas, abdomen y nalgas como el pincel al lienzo virgen y desprotegido.
Latigazos que azotan la piel de mi propia memoria.
Latigazos suicidas que atentan contra ellos mismos y contra lo vivido, contra lo sentido, contra lo deseado, contra lo perdido, contra lo ganado.
Latigazos, como ventiscas que pasan y me marcan. Y justo cuando más los sentía a flor de piel, justo cuando creía que florecerían, que renacerían, que brotarían de nuevo como manantial que mana, me encadenas y atado me hinco ante ti suplicante y esperanzado.
Latigazos suicidas como ventoleras que me derrumban, revuelcan, me vapulean y mi espíritu se queda yermo, llano, páramo, desolado, valiente y bravucón.
Y al volver la calma, cuando te vas, solamente queda el desanimo desventurado de levantar y curar lo poco que de ellos mismos queda, esparcido por toda la espalda y piernas y brazos, abdomen y nalgas. Desanimo de hacer el doloroso recuento de lo que quedó, de lo que dejaron, de lo que se llevaron.
Y no entiendo ni aprendo que a lo mejor, lo mejor es dejarlos ir, como viento que sopla, pasa y se va; y no entiendo, ni aprendo, ni quiero, porque sé que no tenerlos, que no sentirlos, o peor aún, olvidarlos, es perder algo de ti y algo de mi.
un placer!!
ResponderEliminarBesos desde Barcelona
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ResponderEliminarY para mi es un honor, Domina Zara. Muchas Gracias. Y mis respetos, desde la Ciudad de México.
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