He llegado a creer que Ella es un enigma. Un dulce e intenso enigma. Un enigma hecho terrible por mi loco intento de interpretar cada señal que percibo, por buscarla en todo momento, en cada mirada, en cada pensamiento. Terrible enigma reposado en alguna verdad o realidad subyacente.
Y busco en el recuerdo de las palabras, de los pensamientos. Pronuncio el aspecto que tiene en mi mente e imaginación erótica y es cuando percibo su olor.
Y en tanto más penetro en la oscuridad de la caverna insondable de mi cabeza loca, más la sigo hasta el agujero profundo de su ser, el osario de su esencia, el aliento de su mirada que aun no expira de sus labios pero que ya me abraza.
Busco incansablemente a aquella cuyo nombre no se ha escrito todavía en ninguna parte. Incluso, he penetrado hasta las entrañas mismas de la selva de piel y cuero y…, nada.
Nada aún.
Yo me preparo, alcanzo niveles antes lejanos. Amplío mi campo de conocimiento y mi umbral de resistencia al dolor y el hambre por conocer y experimentar cosas nuevas, nuevas sensaciones. Y al ampliar mi campo y virtud, se que aumenta el horizonte de lo que está por descubrirse ante mis ojos, se amplía el horizonte de la ignorancia, por demás ignota e intrigante. Se amplían mis mañas y fuerza. La fuerza que deberé tener para, llegado el momento, poder proveer a una Diosa de todo lo que Ella pudiera necesitar. La fuerza requerida para llevar en los hombros la enorme responsabilidad de pertenecerle.
Ella, a quien solo le falta el nombre.
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