Observo unas marcas en mi espalda a través del espejo. Y aunque cubiertas de día, brillan intensamente de noche. Y aunque cubiertas de día, siento el surco tejido en mi piel que roza. No se logra tasar que fue primero, si el rojo intenso que parte del centro hacia afuera o, el naranja-rosado que pespuntea y que se desprende de afuera y hacia dentro.
No es un ornamento sino una alegoría: tócame, acaríciame, apréciame; no me olvides, recuérdame.
La carne esta en ellas y no viceversa. Aun asumiendo los días escasos por el corte transversal y pulcro que la arrancó de su regazo, no se confina a solo revelarse vanidosa mientras dure, pues son marcas de forja, incandescentes pero discretas.
Yo las acaricio y les ruego irradien en mi interior y me den foco en mi travesía.
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